"Difundir e Infundir"

Me llamo Alfredo Sánchez Sánchez.

Estudié Arquitectura Técnica en la Universidad Politécnica de Madrid mientras dedicaba las tardes a mi pasión, el baloncesto. Esperé la llamada de la NBA, pero mis escasas aptitudes para el deporte y poca coordinación me hicieron ver que tendría que pensar otra forma de ganarme la vida.

A un puñado de asignaturas de terminar la carrera empecé a trabajar en una empresa de construcción. Mi desencanto con éste sector laboral fue notorio, seguramente reforzado por mi falta de experiencia y mi siempre latente pasión por el baloncesto. Estaba acostumbrado al trabajo en equipo, a confiar en los que tienes al lado, a sacar adelante cualquier situación trabajando codo con codo. La dirección facultativa de una obra no me pareció cortada por ese patrón.

Por suerte, hablando desde mi posición actual, dos años más tarde la crisis del sector en España me dió una dulce patada que me obligó a abandonar ese barco. Intenté, sin mucho ahínco, volver a entrar en alguna otra empresa que requiriese un otrora llamado aparejador. Fue imposible.

Durante algo más de un año traté de sobrevivir con lo que me apasionaba. Entrené equipos de baloncesto, arbitré partidos y organicé campamentos, pero también me inicié en el mundo de las clases particulares. Todo valía para conseguir una cantidad digna a final de mes. Con el tiempo mi idea de lo que considero una cantidad digna ha cambiado sustancialmente. Hice algunos intentos de formarme y estudiar algo más relacionado con la arquitectura técnica, pero sin grandes despliegues de voluntad.

Decidí regresar al aula. Ser docente es un regalo, te obliga a estar en continua formación.

Un buen día, en un giro del destino, me enteré de que un centro escolar necesitaba un profesor de Dibujo Técnico y decidí probar suerte. Eché un currículum que tenía más espacio que contenido, aun así me llamaron. He de decir que fui alumno de ese centro, me gusta pensar que les motivó a contar conmigo el conocer lo que yo valía y no la falta de profesionales dispuestos a ponerse frente a 30 adolescentes.

Ahí empezó mi verdadero camino profesional. Resulta que tenía que dar clases de tecnología, tocaba aprender mucho contenido desconocido. Tuve que sacarme con nocturnidad el Máster de Profesorado y la adaptación a Grado de mi carrera, llamado Ingeniería de Edificación. Seis años después el camino recorrido era, a mis ojos, glorioso. Un reciclaje fruto de la pasión hacia campos que no había tocado en mi formación académica: programación, robótica, electrónica, diseño e impresión 3D…

Mi forma de trabajar, difundir lo que hacía y perseguir mi nueva pasión me permitió abrirme las puertas de una startup tecnológica española. Dejé las aulas para dedicarme a crear programas educativos en materias de tecnología y formar al profesorado sobre cómo trasladar el cambiante sector a un aula aún hoy en día bastante tradicional.

Dos años después decidí regresar al aula. Ser docente es un regalo, te obliga a estar en continua formación. Entré en una escuela de pedagogía Waldorf, de nuevo necesité reciclarme en buena medida para poder trabajar en ese nuevo entorno mas centrado en el desarrollo humano y artístico.

Mi labor de formador y divulgador, iniciada en mi anterior etapa docente, fue creciendo hasta el punto de estar aquí hoy, ofreciendo mi conocimiento particular de cómo es el mundo tecnológico y cómo podemos vivir en un entorno tan cambiante. El aula y mi alumnado me mantienen alerta sobre todo lo nuevo. Mi pasión por leer y estudiar el campo tecnológico me ayuda a formar un mensaje conciliador y de respeto por este momento de cambio tan apasionante.

Ah, y sigo jugando al baloncesto, aunque (ahora sí) con mucha más pena que gloria.

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