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Palabras clave:

Burbuja de filtros, cámara de eco, cookies, redes neuronales
Si habitualmente la red nos está metiendo en un confinamiento ideológico forzoso, la situación de pandemia nos ha quitado lo poco que nos podía sacar de la tiranía de algoritmos, redes neuronales y cookies maliciosas (no, las de chocolate no, las digitales): el libre divagar por el mundo físico.

Llevo un mes sin apenas tiempo para levantar cabeza, digitalizando mis procesos laborales, de ahí también mi ausencia por estos lares. 

Fruto de esa ausencia no me ha quedado mucho tiempo para indagar en las redes y tomar consciencia del campo de batalla virtual que se ha formado en estos convulsos días. Este fin de semana me he tomado la libertad de dejar de lado obligaciones y meterme en mi burbuja virtual, y he visto el miedo reflejado en el espejo. Te invito a leer y tomar un poco de conciencia.

Aunque he hablado de todo esto en otras ocasiones, voy a resumir brevemente de nuevo un par de asuntos imprescindibles para ir abriendo los ojos.

¿Por qué son peligrosas las cookies?


Que tus dispositivos almacenen información de los sitios que frecuentas y que esa información sea visible para otros sitios al navegar por la red hace que la personalización de tu experiencia llegue a extremos casi enfermizos.

El maldito engagement, ese término que podríamos traducir como el compromiso por seguir usando aplicaciones o seguir navegando al sentirte atraído por lo que te muestran. Si buscas azul, te mostrará azul hasta que dudes de la existencia del verde. 

Sí, es cierto que a priori estar en una red que te pone en contacto con lo que te atrae suena interesante, pero en la realidad es bastante alienante.

Busca información sobre cualquier cosa, que te volverá periódicamente de forma más sólida hasta que forme parte de tu esencia. No existe nada fuera de esa cosa que buscaste. Tu burbuja, al menos, no muestra otra cosa, ¿por qué ibas a dudar de esa realidad?

¿Basta con borrar las cookies?


Pues no, no basta, porque toda la red empieza a tener el potencial de conocerte, de adquirir hasta el último vestigio de tu yo virtual y usarlo para personalizar tu experiencia. Las redes neuronales van comprendiendo poco a poco que intereses te mueven, qué buscas, qué deben mostrarte para satisfacer tu curiosidad y reforzar tu enclaustramiento en una sólida y virtual cámara de eco

Lo que vemos es sólo lo que la red quiere que veamos. Si entramos en la sección de noticias no veremos los titulares, sino un popurrí de noticias seleccionadas para reforzar nuestras convicciones más firmes. Azul, azul… más azul…

Aldea del ego


Como si de una distopía de cine hollywoodiense se tratase, las redes nos llevan a vivir en una villa donde los vecinos que desentonan con nuestra forma de pensar van desapareciendo. Algunos desaparecen misteriosamente, sin dejar rastro y sin ser protagonistas de su desaparición. Otros son expulsados por nuestro irascible dedo, a nuestro ojo le pareció ver algo de verde entre tanto azul.

En esa villa vamos al bar y cada comentario que hacemos es reafirmado y reforzado. Volvemos a casa convencidos de la verdad, de la absoluta certeza de nuestros pensamientos. 

Lo único que nos salva de no caer en la locura es salir de esa aldea. Al menos hasta que la situación nos ha metido en la aldea para no salir bajo ningún concepto.

Burbuja de filtros


Tras lo anterior ya puedes comprender el riesgo de cómo está construida la red. Si gritas, el eco te devuelve tus ideas potenciadas. A éste efecto se le denomina burbuja de filtros.

La siguiente imagen trata de simbolizar esa burbuja de filtros (en blanco) y su efecto sobre las ideas (colores).
Burbuja de filtros
Todo lo que llega no es más que lo mismo que ya piensas. Convendría aquí citar a José Ortega y Gasset:

“Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión. Poca es la vida si no piafa en ella un afán formidable de ampliar sus fronteras. Se vive en la proporción en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenernos dentro de nuestro horizonte habitual significa debilidad, decadencia de las energías vitales. El horizonte es una línea biológica, un órgano viviente de nuestro ser; mientras gozamos de plenitud, el horizonte emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración. En cambio, cuando el horizonte se fija es que se ha anquilosado y que nosotros ingresamos en la vejez.”

Bien haríamos en empezar a entender el efecto devastador que está teniendo la red en la sociedad. Muchos conspiranoicos hablan de George Orwell y su 1984, de cómo entidades externas a cada ciudadano están llevándonos a esa distopía a galope tendido. La realidad es que lo que están consiguiendo es que vayamos por propia voluntad hacia allí,  y encima orgullosos de ello.

Sí, nos espían, nos conocen, nos utilizan. Pero tampoco hacemos absolutamente nada para romper esa existencia digital mermada y vacía que supone recibir sólo lo que ya sabemos.

¿Qué podemos hacer?


Deja de discutir en la red, es absurdo y ya lo comenté en otro artículo. Deja de pensar que lo que te llega es la información preciosa que recibes por estar en posesión de la verdad. Puede ser una falacia, o puede ser verdad, pero llega porque ya piensas eso, porque es lo fácil, lo cómodo. No trata de hacerte pensar, no refuerza tu necesidad de visión crítica.

Intenta no borrar a la gente que te rompe la burbuja en redes sociales, por mucho que tengas que esforzarte para no criticar su propia burbuja existencial. Te puede dar un espectro de colores que te saque de esos azules o rojos en los que te encontrabas. 

Trabaja por meditar si tu primera reacción frente a una noticia es la adecuada, busca profundizar, lee otras fuentes, rompe la superficialidad y la falta de contexto de la información en píldoras que fluye por la red.

Y, por supuesto, no te dejes engañar hasta el punto de pensar que todo es rojo o azul. Si ni nuestros sentidos son capaces de ponerse de acuerdo sobre el color de un vestido, no podemos pedirle a nuestro cerebro que descubra la verdad absoluta. Intenta descubrir un espectro más amplio de colores, intenta acercarte a varios puntos de vista, pero no busques situarte enfermizamente en uno.

Ojo, no es un tema baladí, está en juego luchar contra una fractura social irreparable. La historia nos ha enseñado los efectos de este tipo de líneas de división social, por lo que, como decía al principio, tengo algo de miedo. 

Si quieres profundizar en este tipo de ideas o pensamientos puedes leerte un par de libros recogidos en mi sección de recomendaciones: El enemigo conoce el sistema y Mundo Orwell.
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